40 años después ya nadie informado cree que el 23-F fuera un golpe militar orquestado por la cúpula militar contra la incipiente Democracia Española, sino más bien una operación político-institucional en la que intervinieron y/o participaron los principales poderes del Estado en defensa de sus propios intereses.
Pendientes de que se desclasifiquen las grabaciones que se mantuvieron, en aquella tarde-noche del 23.02.1981, entre el general Sabino Fernández Campo -entonces Jefe de la Casa del Rey-, el general Armada, el propio Rey emérito y el resto de protagonistas, sorprende que 40 años después la mayoría de los medios de comunicación, tanto informativos como académicos, sigan apostando por la «verdad oficial” en lugar de empezar a contar la verdad real que, no obstante, se abre camino a pasos agigantados gracias a las investigaciones que historiadores y periodistas van desvelando gracias a los testimonios de algunos de sus protagonistas, porque la intrahistoria del 23-F es eminentemente oral al carecer de documentos escritos. Y es que el llamado “ruido de sables”, ese coco con el que la izquierda de este país ha estado metiendo miedo a los españoles durante 40 años, en el sentido de la permanente amenaza de un sector del ejército, nostálgico del franquismo, que en cualquier momento -tanto entonces como ahora- podría acabar con nuestra democracia y con el régimen de libertades inherente a la misma, para volver a sumergir a España, de nuevo, en un régimen autoritario. Un cuento, antes y ahora.
En estos momentos, con la información acumulada, se puede concluir que el 23-F nunca fue un golpe militar sino una operación política e institucional en la que participaron todos los principales poderes del Estado con D. Juan Carlos I a la cabeza, pues todo pasó por sus manos, antes y después, y nada se hizo sin contar con su consentimiento y aprobación. La operación política, sin duda, vino auspiciada por la grave crisis política y económica trufada por el terrorismo -sobre todo de la ETA-, problemas que se acentuaron a partir de 1978/1979 abriendo un nuevo periodo de confrontación política en el que, el primer objetivo, fue deponer al Presidente Suárez con quien el Rey había perdido su otrora íntima conexión. Famosa es su frase de aquel momento: “¡Ayudadme a librarme de Suárez!”.
También se conoce la reunión, en la sede de la Agencia EFE en Madrid, de numerosas personalidades de todos los ámbitos de la sociedad civil, presidida por Luis María Ansón -otro monarquico acérrimo- para analizar el proceso inicial de la Transición y alcanzar una “medida extraordinaria” para reconducir su deriva política. A esa trama civil se le sumaron luego los principales Partidos Políticos por lo que, incluso el Presidente de la Generalidad, Josep Tarradellas, llegó a afirmar en junio del 79 que “España necesita un golpe de timón”. Dicha medida extraordinaria, fue consensuada y redactada e incluso tiene nombre: “Operación De Gaulle”, parafraseando la iniciativa del general De Gaulle de exigir, en Francia, la Jefatura del Gobierno para evitar un golpe de Estado, consiguiéndolo. En cambio, en España, en aquellos momentos, no fueron las fuerzas armadas las que amenazaron con actuar, a pesar de su permanente cabreo con la crisis y el terrorismo, sino que fueron las fuerzas políticas y civiles quienes impulsaron dicho cambio.
La operación, consensuada y aprobada por todos, se orquestó en dos fases: una primera con la puesta en escena del SAM (Supuesto Anticonstitucional Máximo) consistente en una pequeña exhibición de fuerza con violación de la legalidad constitucional (asalto y secuestro de los diputados y del gobierno en pleno, el día de la votación de investidura del candidato a la Presidencia del Gobierno Leopoldo Calvo-Sotelo) y, una segunda fase, en la que se reconduciría dicha situación y se volvería a la legalidad democrática gracias a la designación de un Jefe de Gobierno de Concentración previamente consensuado. La primera de ellas es de sobra conocida porque se retransmitió por TV con el teniente coronel Tejero como protagonista, al que se le facilitó la toma del Congreso por el servicio de inteligencia y que, excepto el penoso incidente mantenido con el general Gutiérrez Mellado –vicepresidente entonces del Gobierno- que fue el único que se levantó para enfrentarlos cuando entraron en el hemiciclo y dispararon algunas ráfagas de ametralladora. Tejero cumplió con lo previsto, sobre todo con que no hubiera heridos como le habían exigido previamente. La segunda fase, sin embargo, es mucho menos conocida –más bien ocultada en sus estrictos términos- con la llegada al Congreso, unas horas después -para proporcionar el necesario maquillaje a unas negociaciones inexistentes porque todo estaba ya acordado-, del “enviado de Zarzuela”, el general Armada, monárquico y leal al Rey, que debió de ser aclamado tras su entrada en el hemiciclo por una mayoría de los diputados designándole como Presidente de un Gobierno de Concentración en el que estarían presentes las figuras de todos los grandes partidos, incluido el PCE, para abrir un nuevo periodo político en el que hacer los cambios que para ellos necesitaba el país.
Todos sabemos que los planes nunca salen exactamente como se diseñan y así ocurrió entonces cuando Tejero se negó a aceptar a Armada como Presidente de un Gobierno de Concentración solicitando un Gobierno Militar –prueba de que le habían manipulado y de que no era cabecilla ni nada parecido de un auténtico golpe de estado militar- lo que provocó que el plan político previsto fracasara. Fue entonces y solo entonces cuando el Rey Juan Carlos I -del que ahora vamos conociendo su verdadera faz- apareció por TV para dar un mensaje con el que cortocircuitar a Tejero y su petición de un Gobierno Militar que nadie quería, por lo que inmediatamente regresaron a sus cuarteles las pocas fuerzas movilizadas (otra prueba más de que nunca fue un auténtico golpe militar). Por este motivo, la “Operación De Gaulle” se tuvo que cerrar en falso con el acuerdo de los líderes políticos jaleando al Rey como «salvador de la democracia» cuando su auténtica intervención apunta a todo lo contrario. De ahí también la famosa frase del Rey dirigida al entonces Jefe de la Casa Real, general Sabino Fernández Campo, al día siguiente del supuesto golpe y justo antes de recibir a los líderes políticos: “¡Mira que si te has equivocado!”.
La mejor información actualizada nos da una prueba más de que nunca existió un golpe de estado militar y es que la fecha y la hora del supuesto golpe fueron fruto más de una combinación entre chapuza y azar que de un plan milimétricamente diseñado por militares. La votación de investidura de Calvo-Sotelo se desarrollaba en el Congreso de los Diputados desde el jueves 19.02.1981 teniendo prevista su finalización para el viernes 20.02.1981 momento en el que, sin embargo, Tejero no pudo operar porque las unidades que pretendía sublevar ese día se encontraban sujetas a mandos no afines a la operación, por lo que se hubiera perdido la oportunidad de no ser por la negativa de Calvo-Sotelo, ese viernes 20 por la tarde, a pagar el precio exigido para poder sumar el apoyo del grupo parlamentario de Convergencia i Unió (pedían la transferencia a la Generalidad del edificio de la antigua Jefatura Provincial del Movimiento en Barcelona) lo que impidió lograr la mayoría suficiente para la investidura esa tarde, obligando al entonces Presidente de Congreso, Landelino Lavilla, a convocar una nueva sesión del Pleno del Congreso para la tarde del lunes 23.02.1981 en la que Tejero, contando ya con mandos afines en las unidades finalmente movilizadas, pudo llegar al Congreso para tomarlo. No obstante, Tejero llegó de milagro porque aunque debió hacerlo antes de las 18 horas para no arriesgar con el final de la votación y la subsiguiente disolución de la Cámara, un retraso en la votación permitió que su llegada más tarde de lo previsto -a las 18:20 horas- cogiera a sus señorías todavía votando. Con todo, el SAM se logró también de auténtico milagro.
Todo lo expuesto pone de manigfiesto cómo, a todas luces, no estamos ante un golpe o acción programado por la cúpula militar sino ante una chapuza propia de los partidos políticos con el emérito a la cabeza que conviene saber y recordar para tener una visión correcta de todo lo que fue realmente la Transición y, por ende, de lo que realmente es esta democracia en la que convivimos actualmente.
