La semana pasada se celebró el día internacional de la mujer trabajadora sin que nadie tenga claro que es, hoy por hoy, el feminismo. El machismo lo tenemos claro y lo rechazamos precisamente porque está claro. Del feminismo no se puede decir lo mismo y, por eso, va perdiendo adeptos paulatinamente. Se trata de una nueva religión y un nuevo credo que se va extendiendo, poco a poco y también mucho a mucho, hasta alcanzar los confines del universo imaginado por su sinfín de facciones. La Vía Láctea se queda muy pequeña a su lado.
La Comisión 8-M, esto es, los comisarios políticos colocados por los partidos que rigen esa religión y su credo, dirige este oligopolio del que pretenden excluir al resto de las mujeres y al resto de las ideologías que no sigan su cambiante ortodoxia. En realidad, nos confunden a todos con su llamada de la selva («¡A las calles, compañeras, compañeres! Salgamos, feministas antirracistas, antifascistas, transfeministas, con el impulso de nuestra rabia colectiva, de nuestra rabia creadora y sigamos en movimiento hasta que cambiemos todo lo que tiene que cambiar”) y directamente nos matan con sus proclamas que arrancan con la “defensa de la vida, la libertad, la seguridad, la justicia y la memoria” pero que desembocan en “dinamitar las fronteras y cargarnos el capitalismo y el patriarcado«.
Yo me quedé en primero de feminismo, en aquella igualdad entre hombres y mujeres que se recoge, como Derecho Fundamental a la Igualdad, en nuestra Constitución (14 CE). Sin embargo, la Comisión 8-M, siempre apoyada en el neoleguaje, habla ahora de “la igualdad radical” para meternos de rondón cosas que nada tienen que ver con ese principio de igualdad que defendemos todos. Mezclan churras con merinas para afirmar cosas que son radicalmente falsas como la brecha salarial, la temporalidad o la disparidad de derechos. Las diferencias, que haberles haylas, se explican por su distinto comportamiento durante su vida laboral porque es verdad que la mujer es, las más de las veces, la persona sobre la que pivota la conciliación familiar. La desigualdad no está en el Derecho sino en su práctica.
El feminismo actual, que ha movilizado miles de millones de euros en los últimos años sin resultados ostensibles a juzgar por sus propias declaraciones, adolece de varios problemas, a saber: (i) Objetivos. Es un movimiento sin objetivos claros que ahora persigue todo y nada a la vez; (ii) Desigualdad. Es un movimiento que lejos de perseguir la igualdad persigue ventajas inconcebibles en un Estado de Derecho –donde todos deberíamos ser personas con los mismos derechos—en función del género justificándolas con una especie de revanchismo más indefendible todavía; (iii) Educación. Es un movimiento que genera mala educación –en su mayor parte, en manos de mujeres—lo que lejos de reducir las conductas machistas, las exacerba, por su cóctel de iniquidad y ventajismo contra los hombres que, en su inmensa mayoría, son inocentes de todo lo que les acusan, y (iv) Amor. Es un movimiento que no habla de amor. El amor es precisamente lo que, en las relaciones humanas, iguala derechos, previene desafueros y sana a las personas y sus comportamientos.
El feminismo actual es un pandemónium comunista que se está utilizando junto con otros muchos mantras para colectivizar a la sociedad y hacer desaparecer todos los principios y valores que han hecho grandes, en todos los sentidos, a los países occidentales. Estoy hablando de los derechos a la vida, a la propiedad, a la libertad y la seguridad, jurídica y material, y también a la igualdad de oportunidades. El feminismo actual, sin embargo, las sustituye por esa igualdad radical que esconde una tiranía como la que podemos observar en todos los países comunistas del mundo mundial. La prueba la encontramos al pasar el algodón feminista por la violencia de género que quieren erradicar. Vemos a diario cómo la violencia de género que quieren eliminar es solamente la del hombre blanco, heterosexual, católico y no izquierdista. El feminismo actual trata de tapar los recientes escándalos de violencia de género y prostitución al venir protagonizados todos ellos por prohombres de la izquierda y trata también de tapar todos aquellos protagonizados por hombres de color y/o musulmanes en un ejercicio que es de todo menos igualitario.
En definitiva, el movimiento feminista actual ni persigue la igualdad ni nada de nada, lo que persigue es idiotizarte con sus mantras para que te mantengas dentro de su credo comunista, a sabiendas de que con el mismo los únicos que prosperarán serán ellos: los sumos sacerdotes de esta nueva religión sexual.
