El auge de las nuevas confesiones al calor de la inmigración y, más concretamente, una noticia acerca del ‘Polígono de los Evangélicos’ en Carabanchel, donde se concentran 19 de los 451 templos extracatólicos que tiene la capital de España, me mueven a esta reflexión. No puede tratarse solo de aparcamiento fácil, alquiler económico y facilidades para practicar el ‘rock apostólico’ que acompaña cada uno de sus eventos. La vitalidad del movimiento evangélico en las zonas más humildes de nuestro país contrasta con la decadencia de la Iglesia Católica Apostólica y Romana en todas partes que, a pesar de sus indudables ventajas y poderes, languidece fuera de la Semana Santa y la Navidad.
Han pasado 236 años desde la Revolución Francesa y el ‘Siglo de las Luces’ no termina de abrirse paso. La fe en el progreso y la razón –lo que algunos denominaron ‘la soberanía de la razón’—y, sobre todo, la búsqueda de la felicidad a través de la libertad, la igualdad y la fraternidad que, políticamente, se traducían en la separación de poderes y, sobre todo, en la separación Iglesia-Estado, ni siquiera se vislumbra aún en España. La PPSOE nos habla todo el rato de democracia y de estado de derecho cuando ni siquiera existe voto directo, representación o mandato electoral y cuando tenemos a los curas metidos hasta en la sopa. Prueba a encontrar un acto político público donde no veas a los políticos rodeados de curas. Los políticos de la PPSOE son hijos del franquismo y se les nota.
Tampoco sé si avanza la fe religiosa, pero lo que sí avanza, desde luego, es la ‘Religión de Eventos’. La Semana Santa y la Navidad movilizan a millones de personas que participan en las calles de una religión de la que luego se olvidan el resto del año. La ortodoxia religiosa nos ha conducido a innumerables horrores y está detrás de una gran parte de los atentados y atropellos que vivimos hoy en día. También nos ha traído a esos ‘creyentes inquisitoriales’ que pontifican lo que hay que pensar, decir, hacer… Por eso vuelven debates ya superados como el aborto o la eutanasia y nunca podres estar tranquilo cuando te expones en público porque también han inventado los ‘delitos de odio’ –algo ontológicamente imposible—para defender su totalitarismo incompatible con las libertades propias de una auténtica democracia.
El creciente dogmatismo en todos los órdenes de la vida lleva al señalamiento y la cancelación del discrepante mientras jalean el pluralismo de nuestra sociedad. Esas presiones van no solo contra las libertades públicas básicas, sino también contra la individualidad humana y contra las instituciones levantadas para defender todos esos derechos. Fatalmente, conducen al fanatismo que cristaliza en quienes imprecan en las redes, sabotean eventos deportivos o vandalizan cuadros en museos reivindicando espuriamente su libertad de expresión. La razón científica solo tiene cabida para confirmar la verdad dogmática. Frente a todo ello, reivindico la racionalidad y un ideario racionalista para alcanzar la felicidad. Extremos que, al negarse por el Sistema PPSOE, llevan a muchas personas a refugiarse nuevamente en la religión, pero no en la oficial que no deja de ser otro ministerio, sino en otras alternativas que te hacen sentir parte de un proyecto mayor y gozar de la cobertura social que necesitas.
La racionalidad me dice que nuestro futuro está seriamente amenazado por la falta de racionalidad del Estado. El Sistema PPSOE no trae consigo un proyecto común para España ni tampoco procura la cobertura social que necesitamos. Es un proyecto de poder por el poder. Y a la Iglesia le pasa otro tanto, de ahí la nueva ‘Religión de Eventos’ mientras las iglesias se vacían. Necesitamos finiquitar el Régimen del 78 y dar paso a un nuevo Siglo de las Luces. Un siglo XXI regido por la razón donde cada cosa esté en su sitio. El Estado en la administración justa y necesaria. No más. Y la Iglesia en el corazón de los creyentes. Convengo con Condorcet en que la humanidad en su conjunto es mejor que los humanos que la encarnan y que, por tanto, seguirá desplegando sus mejores frutos a pesar de ciertas personas empeñadas en cercenarlos. ¡Vamos a intentarlo, copón!
