Hoy que se juega el clásico me apetece reflexionar sobre si puede hablarse de competición cuando compiten, dentro de una misma lega, clubes con presupuestos de 1.000M€ con otros que no llegan a los 100M€ y de la bondad o no de instaurar en las competiciones deportivas un límite presupuestario a los clubes como el que ya vemos instaurado en ligas tan conocidas como la MLS, la NFL o la NBA y en otras que no lo son tanto como la Premiership del rugby inglés. Incluso hay gente que aboga por un ‘salary cap’ a nivel global dentro de cada deporte para evitar que ligas millonarias y destopadas, como ocurre ahora en Arabia Saudita, condicionen el mercado mundial de jugadores. Se trata de un debate necesario por cuanto, además, en España muchos clubes tienen en sus presupuestos ayudas públicas, para poder subsistir o para poder competir, y eso no tiene sentido cuando a través de una reforma de la Ley del Mecenazgo podría darse entrada al capital privado a cambio de desgravaciones fiscales con el consiguiente ahorro de gasto público.
Lo cierto y verdad es que la ausencia de un límite presupuestario global para cada club y disciplina distorsiona el mercado y la competencia por cuanto los que más presupuesto tienen acaban casi siempre imponiendo su ley financiera. Y es lógico que esto suceda. Sin límite presupuestario no se puede hablar de competición propiamente dicha y vemos como los trofeos se reparten entre un número muy pequeño de clubes. Esa brecha presupuestaria condiciona todo lo demás y esas grandes marcas deportivas se llevan no solo los trofeos sino la pasta de la televisión y el merchandising dejando solo migajas para todos los demás. ¿Eso es competición? Claro que no. Eso se da de bofetadas con la auténtica competición que solo se puede dar entre semejantes.
Hay quienes, por supuesto, quieren seguir como hasta ahora. Normalmente coinciden con los que tienen mayores presupuestos gozan, por tal motivo, de una posición de dominio que les hace la vida muy fácil. Ganan con la gorra. Sus presupuestos estratosféricos les otorgan una ventaja competitiva que hace casi imposible que pierdan. Muchos se escudan en la normativa europea señalando que la misma impide restringir el derecho a la competencia olvidando que la UE también persigue las prácticas monopolísticas y los mercados sin competencia real a través de los Arts. 101 y 102 TFUE que hacen referencia a la prohibición de cárteles y acuerdos anticompetitivos y al abuso de posición dominante. Justo lo que hacen los grandes clubes, muchos, además, con dinero público extranjero.
No se trata de poner límites a lo que ganan los jugadores porque eso siempre se debe regir por las leyes de la oferta y la demanda, sino de estructurar las competiciones con horquillas presupuestarias: usted supera, por ejemplo, los 100M€ pues competirá en esta liga profesional, usted supera los 500€ pues estará en esta otra. Eso desarrollará el deporte y la competición y permitirá al aficionado disfrutarlo al máximo nivel. Por debajo siempre estarán las ligas domesticas como deporte de formación y también de competición, pero en su rango presupuestario. Así todos tendrán la oportunidad de levantar copas en lugar de limitarse a evitar el descenso. Ese límite presupuestario es de entidad y es perfectamente compatible con el límite salarial actual porque el mismo lo es de sostenibilidad y racionalidad en el gasto –algo que debiera aplicarse sobre todo a los políticos—de manera que si un club ingresa X, solo podrá gastar en salarios X-1, siempre a modo de ejemplo, en aras de evitar los números rojos (la ratio de sostenibilidad financiera creo que está ahora en el 70% de masa salarial sobre presupuesto).
La idea creo que está bastante clara y que es bastante racional. Su implementación a nivel internacional pasa por un acuerdo entre las grandes Federaciones deportivas a nivel global (FIFA, IRB, etc…) para favorecer la competición y sus respectivos deportes, algo que también aceptarán los países porque les permitirá ahorrarse una parte del gasto público que podrán destinar a fines más esenciales sin penalizar al contribuyente. Lo demás vendrá por añadidura.
