Juan Soto Ivars ha desatado las iras de la izquierda con la publicación de un ensayo titulado ’Esto no existe’ donde aborda el problema de las denuncias falsas por violencia de género. Un ensayo que llega cuando varias CCAA han tomado la decisión de publicar la nacionalidad de los detenidos y procesados por los distintos delitos que tipifica el Código Penal. Ambas acciones ponen en entredicho los mantras del gobierno. No obstante, todos vamos siendo conscientes de que la llamada ‘violencia de género’ es una fábrica de desigualdad trufada de denuncias falsas y que los inmigrantes no son tan buenos como nos gustaría. Dos afirmaciones que rompen el credo socialdemócrata.
El gobierno solo reconoce un 0,01% de denuncias falsas por violencia de género. Sin embargo, Juan Soto Ivars aclara que ese dato obedece exclusivamente a las denuncias donde el MF actuó de oficio por falsedad, persiguió a las denunciantes y logró su condena. Una parte muy pequeña del fenómeno. El rábano por las hojas. El ensayo, a partir de una gran base documental, no niega el sufrimiento de las mujeres que pretendía proteger la LO 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, pero critica que, sin mejorar sustancialmente la situación de esas mujeres, haya creado muchas más víctimas inocentes entre los hombres. Concluye que, en España, entre 2006 y 2023, habrá unas 750.000 víctimas de denuncia falsa por violencia de género, ya que solo el 25% de todas las denuncias terminan en condena y que parte de esas condenas tienen, en origen, una denuncia falsa detrás (aproximadamente un 33%). La Administración sigue sin querer estudiar el problema.
Juan Soto Ivars nos habla también de un patrón: el uso estratégico y/o defensivo de la denuncia falsa en la ruptura de la pareja. Después, el automatismo de la detención y la orden de alejamiento dan pie, muchas veces, a delitos reales de quebrantamiento. No obstante, el MF apenas deduce testimonio contra la denunciante cuando el expediente queda archivado. Nadie se preocupa de si hubo o no denuncia falsa o instrumental. Tampoco de sus efectos secundarios: de los hombres que tras su detención pasaron a prisión preventiva con el estigma social y procesal que ello conlleva y que muchas veces desemboca en su despido. La presunción de inocencia brilla por su ausencia.
Juan Soto Ivars también se mete con la ‘violencia vicaria’ –ese invento para sustituir la alienación parental—denunciando que parte de la falsa premisa de que sólo puede ser cometida por los varones. Quizá, por eso, el CGPJ ha dejado de contabilizar los filicidios perpetrados por madres, a pesar de ser los más numerosos. ¿Qué hacemos, entonces, con el 14 CE? La ‘narrativa de género’ rompe deliberadamente con el principio de igualdad sin discriminación por razones de sexo al aplicar consecuencias distintas a los mismos tipos penales. Y lo peor de todo: esa ruptura de la igualdad se lleva al paroxismo con la Ley Trans (Ley 4/2023, de 28 de febrero, para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI) con la que cualquier hombre, registrándose como mujer, puede escapar de la exacerbación de la pena por razón de sexo. Un auténtico sindiós.
La izquierda ha creado un laberinto jurídico con esto del género. Renuncia a estudiar el problema, a sabiendas de que los resultados empíricos apuntarían en una dirección contraria a sus intereses. Prefieren aplicar su credo con la sagrada excepción de sus líderes y militantes para quienes reivindica, a pesar de ser los protagonistas de este tipo de conductas contra las mujeres, la presunción de inocencia. Solo para ellos. A los demás ni agua. Es el viejo dilema entre el comunismo y el liberalismo. El comunismo señala que no pasa nada por condenar a 1.000 inocentes con tal de ningún culpable escape, mientras que el liberalismo prefiere dejar escapar a 1.000 culpables antes de que un solo inocente sea condenado. El tinglado de la ‘violencia de género’, además, se ha convertido en un gran negocio en el que participan millones de personas. Juan Soto Ivars solo ha querido romper el tenebroso silencio impuesto sobre el problema de las denuncias falsas y ahora nos toca a los demás reflexionar y decidir que procede: aplicar el Derecho Fundamental a la Igualdad o aplicar el mantra izquierdista de que el varón es culpable ontológicamente. Ustedes dirán.
