En la crisis del 2007/2008 se activó, con acierto, un programa de estímulos monetarios porque había un cortocircuito en los mercados con una reducción importante de la cantidad de dinero en circulación (M3) que requería efectivamente de esos estímulos para evitar un episodio de depresión como el de 1929/1930. Sin embargo, en esta crisis del 2020 por el coronavirus chino no existe ese problema por lo que la infortunada repetición de esa estrategia de estímulos monetarios a ambos lados del atlántico, cuando el problema es distinto, ha terminado por disparar la inflación. Problema grave, que sigue avanzando, como lo demuestran los datos de mayo 2022, y que nos conducirá sin remedio a la “hora de la austeridad” lo quieran o no esos políticos para los que, hasta ahora, ha sido muy fácil poner la máquina de billetes a funcionar gracias a controlar unos bancos centrales (BCE, FED y el Banco de Inglaterra) que deberían ser independientes para un mejor gobierno de la economía del Mundo Libre y para una mayor y mejor estabilidad en los precios.
En números, se ha observado que esa masa monetaria (M3) creció, entre 2016 y 2018, un 12,4% en USA, un 14,1% en la UE, un 15,8% en UK y un 8,8% en Japón. Después, entre 2019 y 2021, siguió creciendo un 13,2% en USA, un 7,8% en la UE, un 8% en UK y un 4,4% en Japón, lo que ha supuesto que, en Europa, el Balance del BCE sea 240 veces mayor que al arrancar la Eurozona (1999) y 50 veces mayor que al estallar la gran crisis de final de 2007, con una financiación a los bancos que se ha multiplicado por 12. En España, la conjunción de estímulos y un gobierno manirroto ha supuesto disparar la deuda en 230.000M€ (superando el 120% del PIB) gracias a que la misma ha sido asumida en casi su totalidad por el BCE a través de su programa de compra de activos. Así, en la medida que el grueso del déficit se «monetiza», la economía termina operando con niveles artificiales tanto de gasto público como de recursos tributarios por lo que esa inyección de más de 230.000M€ ha terminado produciendo un grave problema de inflación como el que estamos viviendo (muy por encima del de nuestros vecinos). Ya hemos hablado en este blog de la llegada del tapering y de la necesaria subida de tipos como medidas del BCE para contener la inflación, y también hemos advertido que para España estas medidas tendrán un efecto traumático al llegar a la vez este próximo 3T2022, obligando a nuestro desgobierno actual a reducir de golpe el disparatado e ineficiente Gasto Público.
Llega, pues, la hora de la necesaria y esperada austeridad. Austeridad en el Gasto Público para poner fin a esas políticas despilfarradoras sólo al servicio de nuestra clase política -que protegerá el gasto que le beneficia por encima del que resulte eficiente- y para lograr la necesaria reforma del sistema de pensiones –que no debería ser de reparto sino de cotización y que tampoco se debería indexar a la inflación-, que supone el 40% de todo ese gasto, en evitación de el sistema quiebre definitivamente (tampoco estaría de más que se informara individualmente a cada pensionista de lo que ha cotizado y de lo que lleva cobrado). Una austeridad que, idealmente, debería traer una reducción del Estado que ampara, entre funcionarios y empleados públicos, a más de 13,4M de personas que se encuentran subidas en un carro del que tiran poco más de 20M de ciudadanos pertenecientes al sector privado y que ya no pueden dar más al encontrarse sometidos a una descomunal presión fiscal. Es hora, pues, de racionalizar el Estado, de fomentar la actividad privada, de estimular los mercados y las inversiones productivas, de garantizar nuestra soberanía a todos los niveles y sin perjuicio de nuestra pertenencia tanto a la UE como al Mundo Libre. Es hora, en definitiva, de reformar un sector público donde residen todos los problemas que acucian a España y que tiene dos adicciones terribles: la voracidad fiscal y el despilfarro y la corrupción, que deben suprimirse. Se trata de aprovechar la ocasión para reestructurar y redimensionar ese sector público y para marcar una estrategia de crecimiento a largo plazo que nos devuelva la ilusión a todos. No obstante, todo eso arranca ahora, inexorablemente, con la necesidad de apretarnos el cinturón al menos en la misma cuantía en que sube la inflación –sería bueno también un pacto de rentas intersectorial- pues de lo contrario nunca recuperaremos el equilibrio perdido y corremos un peligro cierto de caer en el colapso y los hombres de negro.
