“Hay tres jueves que brillan más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el Día de la Ascensión”. Esta es nuestra tradición. Una tradición religiosa que, sin embargo, celebramos cada año de forma desacoplada de la religión. Las procesiones y los capirotes –para más inri— tienen relación directa con la Santa Inquisición instaurada por la Corona para imponer su absolutismo político y religioso a través de una Iglesia que se prestó a perseguir a supuestos blasfemos y herejes que, en realidad, eran enemigos políticos de los poderosos a los que estigmatizó o eliminó según los casos. ¡Menudo aquelarre!
Los señalados eran posteriormente condenados sin ninguna garantía –y torturados antes, las más de las veces—pasando a ser ‘penitentes’ a los que se identificaba con el capirote y el ‘sambenito’, una pequeña túnica de tela barata y blanca donde pintaban tanto el pecado como su consecuencia. La Inquisición, a la postre, les daba la oportunidad de abjurar de sus pecados y proclamar su adhesión a la fe católica y, los que se plegaban, obtenían la gracia de ser estrangulados antes de ser quemados. ¡Menuda conmemoración!
La condena formal llegaba en el Auto de Fe que se celebraba en la plaza adonde los penitentes eran conducidos en humillante procesión. Los juicios se celebraban generalmente en primavera o en otoño, en línea con las fiestas ancestrales, una vez reunido el número suficiente para que el acto resultara espectacular. Los reos aparecían vestidos con los capirotes y con los sambenitos pintados de acuerdo con su herejía y, una vez leída la sentencia, eran conducidos al quemadero, normalmente a las afueras de la ciudad, donde el ‘brazo temporal’ ejecutaba la pena. Lo peor, sin duda, quedaba para los no ejecutados que debían vestir el sambenito durante toda su condena para, después, colgarlo con su nombre en su iglesia parroquial. Debajo del mismo se tendrían que sentar en adelante, en cada misa, ellos y sus descendientes sin fecha determinada. Por eso se dice lo de ‘colgarle el sambenito’ a alguien. Más tarde pasaron a celebrarse a puerta cerrada, en los llamados Autillos, y todo acabó bien entrado el siglo XVIII, que se dice pronto.
Entretanto, esos símbolos y la procesión fueron adoptados por las llamadas Hermandades Penitenciales que empezaron a crearse en el siglo XV. Una procesión en penitencia de los pecados conllevaba la flagelación de los penitentes –que iban con la espalda descubierta y se azotaban en un espectáculo sangriento—en un contexto de culto a la Vera Cruz y a la Sangre de Cristo. Esos penitentes eran anónimos y cubrían su rostro con un antifaz. Después, en el XVI, al antifaz se sumó el capirote y pasó a distinguirse entre ‘hermanos de sangre’, aquellos que se flagelaban y llevaban el antifaz caído hacia atrás, y ‘hermanos de luz’, los que portaban cirio y capirote. A partir del XVII, se generalizó el uso del cirio y el capirote y los penitentes se fueron transformando en nazarenos.
Con Carlos III toda esta parafernalia estuvo a punto de irse al traste, al chocar los actos penitenciales con las ideas de la Ilustración, prohibiéndose los azotes, los antifaces y las procesiones nocturnas, pero al regresar el Absolutismo, tras la Guerra de Independencia, las Cofradías volvieron por sus fueros. Con el tiempo, las procesiones y los actos de la llamada Semana Santa se han disociado por completo del componente religioso para convertirse en una suerte de acto social, popular y tradicional –si me apuras, político–, donde dejarse ver y ser vistos, volviendo a primar el carácter de las fiestas ancestrales que la Iglesia siempre supo aprovechar en su favor, haciendo coincidir sus actos con las mismas.
Desde este Jueves Santo veo una Semana Santa desacralizada donde la limonada y los encuentros sociales de todo tipo desbordan absolutamente el hecho religioso desdibujándolo todo. La sociedad y la propia Iglesia nos muestran en Semana Santa su decadencia al utilizar instituciones y tradiciones para todo, menos para lo que fueron instituidas. Ese todo vale es nuestro sambenito y nuestro capirote. Una gran mayoría es falsa y/o maleable hasta extremos inconcebibles y por eso nos va como nos va. Sin principios firmes –siquiera equivocados—eres otra oveja que va alegremente al matadero. La PPSOE lo sabe y alimenta con subvenciones la maquinaria de una Semana Santa que, en el fondo, nos coloca el capirote y el sambenito a quienes no tragamos con sus mentiras. ¡Que les aproveche!
