Cerrando el mes de mayo, Felipe Ramos criticaba, en el artículo titulado ‘Continuamos para bingo’ (HDS, 29.05.26) –siguiendo un editorial anterior– la situación de impasse que vive Castilla y León por la demora en la negociación entre el PP y VOX para formar gobierno. Una lentitud que, para él, suponía ningunear a los castellanos y leoneses, además de una infracción indeterminada que imputaba a VOX –a los que tilda de ‘extrema derecha’– sin perjuicio de apuntar, también, a la colaboración del PP. Al cabo, termina por acusar de ocurrencias al ex-alcalde de Soria, que debuta en las cortes autonómicas, por pedir cosas como un pleno de investidura o un plazo máximo para convocarlo, sin reparar en que, en el fondo, es exactamente lo mismo que reclama él.
El trasfondo del malestar con VOX es que tiene programa y lo defiende. Algunos prefieren las prisas a la reflexión mientras otros apuestan por la negociación reposada de un acuerdo de coalición que, lógicamente, luego tendrá que cumplirse. Siempre se ha dicho que, si alguien no negocia duro un contrato, es porque no piensa cumplirlo. Algo tan cierto como que las prisas son para los malos toreros. Además, lo de la ‘prioridad nacional’, que no deja de ser puro sentido común, para algunos ataca a sectores como el agrario, la construcción o la hostelería, cuando nada tiene que ver. En la política española, ayuna de programas y metas, el loco es el que las tiene. Sic transit gloria mundi.
Otras críticas resultan directamente ridículas. El supuesto ‘tacticismo’ de VOX para maximizar sus escaños en las distintas autonomías es, por supuesto, ajeno al resto de partidos. Y lo del reparto de ‘sillones’ tampoco se le había ocurrido a nadie antes… Lo más cierto es que si juegas a la política, te guste o no, tendrás que hacerlo con las reglas de los que estaban antes, hasta que tengas la fuerza parlamentaria suficiente para poder cambiarlas. Seguramente, lo que en el fondo da miedo al resto de los partidos del Régimen del 78 es precisamente ese cambio. Un cambio del que no nos dejan hablar. Por eso, cuando una formación política apuesta por un cambio sin ambages, se le echan encima todos los que quieren mantener el statu quo que les favorece.
El Micha nos cantaba aquello de ‘Un cambio urgente es lo que quiere la gente / Que la cosa está mala, lo sabe hasta el presidente’. En España, en Castilla y León y en Soria, la gente quiere que las cosas cambien porque ‘vamos de peor pa’ mal, de mal en peor’, como también apuntaba ese cantante cubano. El exitoso Régimen del 78 ha conseguido que pasemos de ser la 8ª Potencia Mundial a la 17ª y bajando, y nadie dice que eso atenta contra todos los sectores productivos, a pesar de que sí lo hace. El Numancia ha bajado dos o tres categorías y no remonta y la gente está que trina. Sin embargo, España ha perdido nueve y bajando, y no se puede decir nada. ¿Qué ocurre? ¿Por qué callan? ¿Por qué tenemos que conformarnos con algo que no funciona? ¿Por qué no podemos llamar a las cosas por su nombre? ¿Por qué no podemos aspirar a un cambio de régimen cuando el actual no funciona?
En Roma las magistraturas eran colegiadas. Para evitar abusos, establecieron una serie de medidas limitantes del poder. Una de ellas fue la colegiación. De esa manera, el poder lo compartían dos personas diferentes y el uno tenía, sobre las decisiones del otro, un voto bien para ayudarle bien para bloquearle. Una medida muy inteligente. Ahora, en España, la aritmética de los votos, nos brinda esa misma posibilidad confiriendo la mayoría parlamentaria necesaria para formar gobierno al sumatorio del PP con VOX. No es ninguna casualidad, porque el esquema se repite en Extremadura, Aragón, Andalucía y Castilla y León. Y se repetirá en España entera. Los votantes tienen claro –como yo– que no es bueno que el PP esté solo.
El poder –como apreciaron en Roma– no es bueno que se ejerza en solitario. Ahí tenéis el desastre del Ayuntamiento de Soria podrido hasta el tuétano a golpe de mayorías absolutas. En política es buena la compañía y la complementariedad de otras formaciones. En este caso, VOX es perfectamente compatible con el PP por la sencilla razón de que nació del mismo. Lo de ‘extrema derecha’ es un cuento para meter miedo a los desinformados. En cualquier caso, resulta muchísimo más compatible que los partidos nacionalistas, yonquis del dinero público español, con los que el PP viene pactando desde que el mundo es mundo y con los que quiere volver a pactar.
