El BCE, siguiendo a la FED, acaba de realizar su primer cambio de política monetaria desde 2003 para no tener que retirar los estímulos (imprimiendo dinero por encima de la demanda de moneda como también se está haciendo en USA) pasando de mantener a raya a la inflación por debajo del 2% a centrar el objetivo en ese 2%, pero permitiendo fluctuaciones. Con ello, la inflación necesariamente va a repuntar (en España está ya en 2,60% y los analistas estiman que llegará al 3% en breve) mientras se mantienen los programas de compra de activos y sin subir los tipos de interés.
La intervención desde la política quiere dar la impresión de una economía dinámica, en recuperación, con el dinero funcionando, con reformas estructurales, mientras la realidad de los números nos cuenta otra historia: tenemos los niveles de crecimiento más débiles de la historia de la UE cuando precisamente gozamos de los mayores planes de estímulo que han llevado a que el balance del BCE sea del 75% del PIB de la zona euro –el mayor de la historia- mientras las necesarias reformas estructurales no acaban de llegar porque los gobiernos nacionales no quieren hacerlas por impopulares.
El BCE fue creado única y exclusivamente para mantener a raya la inflación y evitar los fenómenos de hiperinflación de los 80 y los 90, pero ahora esa desmedida política de estímulo -que debería ser extraordinaria pero que se ha convertido en ordinaria cuando en USA está presente desde 2008 y en la UE desde 2015- puede generar un desastre similar al de las burbujas del siglo pasado, con unos agentes muy endeudados en un entorno financiero y económico vulnerable, sostenido con indicadores cada vez menos fiables, y todo ello mezclado con intereses políticos (ahora las inversiones verdes) que han hecho perder al BCE su poder de control quedando al servicio de la élite de poder de la UE.
La consecuencia es una inflación que va a crecer y crecer, aunque aún no se aprecie un riesgo de hiperinflación (para atisbar el desastre que supondría véase Argentina). Un fenómeno que ha dejado de ser transitorio y que apunta maneras estructurales a raíz del intervencionismo monetario. Porque la inflación siempre es un fenómeno monetario. Y el sistema financiero es su cadena de transmisión pasando del mercado de la inversión al de los bienes de consumo habituales.
Mientras la economía de la UE pueda absorber todos estos vaivenes nos mantendremos a flote, pero como uno de los pilares de la economía se vea afectado todo ese castillo de naipes, construido desde la política monetaria, se caerá y las consecuencias de la inflación y el sobreendeudamiento las sufriremos todos. Los avisos están ahí: la declaración de intenciones de la FED para retirar los estímulos en 2023 ha desatado verdaderas tensiones allí, prácticamente todos los mercados financieros, con una rentabilidad de los bonos a la baja y un mayor riesgo en la renta variable, mientras el problema de las insolvencias continúa maquillado y se verá incrementado ahora con una inflación que superará el 3% y golpeará a todos los agentes, especialmente a los más vulnerables.
El BCE sigue dando hilo a la cometa, pero ya está muy cerca del límite del 30% sobre el volumen de deuda pública que puede tener de cada estado miembro en su balance y esto es algo que “los frugales” difícilmente dejarán pasar y que creará, de seguir así, un gran conflicto en el seno de una UE tocada desde el BREXIT. Vienen curvas.
