Este fin de semana no hemos celebrado como deberíamos el Día de la Hispanidad. Un día que debería ser muy especial y que el Régimen del 78 ha reducido, poco a poco, a un desfile pseudomilitar a mayor gloria, en el fondo, de los políticos, de la Casa Real y del papel couché. Un brindis a la insustancialidad. Más allá del latrocinio en el que está empeñada toda la clase política y sus patrocinadores, en España no hay nada. La Hispanidad no gusta porque conecta al Pueblo Español con los ‘Españoles de América’, algo que va directamente contra el separatismo y la polarización que nos imponen a través de los grandes medios de comunicación y del equipo de opinión sincronizada.
Agredano, el otro día en TO, nos hablaba de ‘Españita’ escribiendo cosas tan maravillosas como estas: “toda grandeza es delirio, porque estamos hechos para lo pequeño … Somos tribu, precisamente, para combatir la fugacidad y la levedad de nuestros cuerpos. Para aspirar a cosas más elevadas. Sociedad es convertir en capacidad la suma de un buen puñado de incapacidades. Y un Estado es el espacio legal, emocional y cultural donde nos refugiamos”. Lamentaba que ahora el orgullo sea de horteras y que la modernidad sea mirar a nuestro país “con desconfianza, con tibieza, con esa mirada de superioridad con la que se mira a los compañeros de trabajo que llevan jerséis de pelotillas, castellanos raídos y albóndigas en el tupper. Más que nos pese, somos nación. Nación plural y heterogénea. Es decir: también nos deberían unir nuestras diferencias. Como un todo, deberíamos defender la voz de los demás con el mismo ahínco con el que defendemos la nuestra”.
Agredano observaba también como Pedro Sánchez, “pasados diez años, sólo va a dejar un legado de desconfianza. Una acrópolis. Porque España no funciona. Se ha averiado en lo físico y en lo sentimental. Ya no son sólo los retrasos, ni los apagones, ni el embarro de sus instituciones. Es esa falta de entusiasmo colectivo, esa perpetua suspicacia hacia todo lo que nazca y se expanda en nuestro país”. Un mal que viene de la polarización que es, “sobre todas las cosas, un debilitamiento de lo que somos como sociedad. Una llamada al individualismo, al descreimiento, al desprecio a los símbolos, a la cultura, y a los valores”. Una polarización con la que nos regalan “una Españita donde nadie aguanta ya a nadie. Un lugar pequeño que ya no aspira a nada”.
La Hispanidad, por tanto, es el epítome de las oportunidades perdidas dentro y fuera de España. Un recordatorio doloroso de lo que fuimos y de lo que nuestros políticos no quieren que volvamos a ser porque nos han vendido a USA y a la UE. Exteriormente, nos alejan de nuestros verdaderos hermanos que son los españoles de ultramar. Interiormente, apuestan por ese separatismo alimentado por las nacionalidades oportunistas que se crecen grotescamente en todas las CCAA. Dicen combatir un nacionalismo español que no ha existido nunca a más de cien kilómetros de la Corte. El acervo cultural español existe y todos los Estados que en el mundo han sido lo han usado para homogeneizar a la nación y hacerla más fuerte. En España, contrariamente, se usa para dividir a pesar de que claramente existe un denominador común que nos acerca cultural y vitalmente. Por eso, todos los intentos para que a ‘España no la conozca ni la madre que la parió’ (Guerra dixit) han fracasado.
Esa fuerza centrípeta de ‘lo español’ es la que tratan de cortar con políticas que, por un lado, cercenan la natalidad de los españoles y que, por otro, abre las puertas a una inmigración descontrolada que vive y se reproduce como los conejos a nuestra costa. España mantiene un núcleo duro que nunca han podido fragmentar y por eso ahora lo atacan cuantitativamente con esa población residente extranjera que carece de nuestra cultura y valores. De ahí la desaforada y ruinosa inmigración, a ver si te enteras.
La única salida racional para España es la Hispanidad. Ahí podremos recuperarnos todos los españoles juntos. Cualquier otra cosa será seguir avanzando por este camino de perdición impuesto por la PPSOE vendida al Tío Sam y a la UE. Nuestra salida está en procurar una ‘Españota’ que agrupe a todos los españoles, a los peninsulares con los de ultramar, para volver a perseguir juntos nuestra unidad de destino.
