Puigdemont afortunadamente manda y respeta a su electorado y eso es lo que nos ha valido a todos para tumbar el Proyecto de Ley para Reducir la Jornada Laboral a 37,5 horas semanales que constituía, sobre todo, la gran baza electoral de SUMAR y de paso del PSOE para las próximas elecciones. Otro proyecto que no supera el trámite parlamentario del Congreso al no contar con los escaños de JxCat, PP, VOX y UPN. La pataleta de Yolanda Díaz fue hasta graciosa: «ustedes creen que representan el independentismo catalán y no es verdad … representan a la patronal española en los sectores más reaccionarios«. Miriam Nogueras, con toda la tranquilidad del mundo, le recordó que la pobre actúa «como si tuviera una mayoría que no tiene«, emplazándola a hablar «con rigor y respeto de Cataluña, de su tejido productivo y de su clase trabajadora«.
El asunto es claramente político, porque económicamente no tiene un pase. JxCat se lo pasaba a limpio señalando que tal reducción solo sirve a «su supervivencia política» y que no cuela la demagogia «de trabajar menos para vivir mejor«, precisando que su rechazo venía porque la pretendida reducción de jornada generaría «dificultades a las pymes, a Cataluña y a muchos de sus trabajadores«. En el mismo sentido, desde el PP se habló de un proyecto «ideológico y de ciencia ficción» donde «trabajar menos y cobrar más» y depende de la productividad.
El asunto, como casi siempre, no es nuevo. En 1919, con Alfonso XIII y el conde de Romanones, España se convirtió en el segundo país del mundo, tras la URSS, en implantar por ley la jornada laboral máxima de ocho horas. Un avance social que trajo otras ventajas económicas como el pluriempleo. Justo lo contrario de lo que ahora sucede: reducir la jornada sin reducir proporcionalmente el sueldo resulta inviable económicamente a menos que, en menos horas, se produzca más. En definitiva, volvemos al problema de productividad que atenaza a España desde hace décadas. Sin productividad, los sueldos no pueden subir. Sin productividad, las horas no pueden bajar. Es así de sencillo. Se da además la casualidad de que el gobierno puso controles horarios para ponerse de grana y oro con las cotizaciones por las horas extraordinarias y esta medida puso de relieve que existían muchísimas menos horas extraordinarias de las que se pensaba y aún se redujeron más por la sencilla razón de que no eran lo productivas que tenían que ser para poder abonar el plus que conllevan. El efecto fue que la mayoría de las empresas pasó a amoldarse al horario laboral normal para sacar la faena.
Si cobramos más ahora que en 1919 es, sencillamente, porque producimos infinitamente más que entonces. Cualquier subida salarial que no vaya ligada a la una paralela subida en la productividad del trabajador irá, necesariamente, en detrimento del beneficio del empresario. Aquí, el milagro de los panes y los peces no puede darse. Después, si el empresario empieza a perder dinero con ese puesto de trabajo, lógicamente lo amortizará o pasará a la economía sumergida, como vimos hace poco con los regímenes especiales del hogar y agrario donde cada vez hay menos afiliados por culpa del SMI que es la otra cara de la misma moneda (ver entrada ‘Los efectos del SMI’).
La productividad en España lleva estancada décadas porque la PPSOE nos ha impuesto un modelo productivo de bajo valor añadido dominado por el sector turismo, esto es, por el sector hostelero, al que se suma el primario y el constructor, dejando solo resquicios a los sectores industriales y de servicios de alto valor añadido, los tecnológicos, que, en líneas generales, no están en España. En este contexto, resulta imposible reducir la jornada y cobrar el mismo dinero porque eso conduciría directamente a la destrucción de empleo y, a lo que es peor, a la destrucción de las empresas y del tejido productivo que, a su vez, destruiría nuestra frágil economía integrada, en más del 90%, por pymes. Si trabajamos menos, produciremos menos y, en consecuencia, generaremos menos dinero y riqueza y esa restricción se extenderá por todo el sistema hasta secarlo. La economía solo es privada, el sector público no produce nada, solo gasta, así que si te cargas el sector privado que es el auténtico motor de la economía, las consecuencias las pagaremos todos. Esto no es como la condonación de la deuda de las CCAA que se traslada al Estado. Aquí la productividad es la que es y si se trabajan menos horas en el sector privado, la producción final será menor y el efecto se sentirá rápidamente en todo el sistema. Reflexiónalo.
