Uno de los mantras con los que el Desgobierno Comunista quiere perseguir y controlar a las empresas libres es el de la supuesta brecha salarial existente entre hombres y mujeres, discurso falso como el resto de las diferencias que se apuntan entre sexos –salvo las implícitas por naturaleza- que ahora un informe oficial realizado por la Oficina de Estadísticas del Trabajo de EEUU califica de mito, precisando que la inmensa mayoría de las diferencias se explica por cuestiones objetivas y básicas como, por ejemplo, por la diferencia de horas trabajadas.
Nadie gana más que nadie por realizar el mismo trabajo y no existe diferencia entre hombres y mujeres. Esta es la conclusión del estudio que además apunta a que tales diferencias no se producen porque sería ilegal ir contra las normas fundamentales que consagran la igualdad de todos los ciudadanos y prohíben taxativamente la discriminación por cualquier motivo -tal y como también lo recoge la Constitución Española (14 CE)- y porque económicamente y de ser cierto -que se puede pagar mucho menos a las mujeres- supondría que todas las empresas se decantarían por contratar mujeres ya que con la misma capacidad soportarían menores costes, empero esto no es así. Esto no sucede en ningún sitio normal. Por otro lado, en una sociedad como la que vivimos, el coste reputacional derivado de esas supuestas prácticas discriminatorias sería tan alto que podría sacar a esa empresa y a sus productos del mercado lo que constituye otro motivo para no incurrir en este tipo de conductas.
La Oficina de Estadísticas del Trabajo de Estados Unidos elabora un Informe Anual de Salarios que pone de manifiesto, en primer lugar, una diferencia bruta del 18% entre los salarios medios de hombres y mujeres, para luego analizar los datos en profundidad y averiguar que las diferencias se van reduciendo conforme ajustamos los datos a la realidad, así baja al 14% cuando se valoran las horas trabajadas; al 6% cuando se consideran las circunstancias familiares (estado civil y descendencia) y al 5% cuando ajustamos los tramos de edad. Todo esto significa que, con solo practicar una serie de ajustes elementales, la tan cacareada «brecha salarial» arroja tasas que son un 75% más reducidas de lo que sugieren la mayoría de los políticos y los medios de comunicación cuyos análisis se centran únicamente en el análisis bruto del salario medio, sin tener en cuenta ningún otro factor.
Las diferencias existentes en la práctica nada tienen que ver con la discriminación en los salarios sino de la distinta operativa seguida por hombres y mujeres. Diferencias que nacen fundamentalmente de factores externos (duración del contrato, tipo de jornada, antigüedad…) y, por encima de todo, de un factor determinante –que se refleja en todos los informes internacionales- como es el contraer matrimonio y formar una familia, momento en el que la mayoría de mujeres reduce su jornada laboral para dedicarse a la familia prioritariamente lo que luego también se traduce en una carrera profesional que avanza a menor velocidad. En definitiva, que no existe una brecha salarial real, fundamentalmente porque la Ley no lo permite y la lógica económica no lo aconseja, pero sí que existen apuestas personales de los individuos respecto de sus vidas personales que hacen que unas personas reduzcan su productividad laboral para aumentar su productividad personal y familiar por lo que la brecha que hay que tapar es esta última con políticas que favorezcan la conciliación, con rebajas fiscales y/o ayudas para reducir el coste del cuidado de los hijos que permitan liberar a los progenitores pero que nunca podrán equilibrar al 100% la balanza porque el factor personal es definitivo como lo demuestran los países escandinavos, famosos por sus generosas políticas de conciliación, cuyo mercado de trabajo sigue arrojando patrones similares en este campo a los del resto de economías desarrolladas. Otro cuento más.
