De un tiempo a esta parte vengo, en este blog, analizando con profusión el Derecho Fundamental a la Libertad de Expresión que encuentra sus límites en otros derechos también reconocidos en la Constitución, como el Derecho al Honor, a la Intimidad, a la Propia Imagen, junto con la protección de la juventud y de la infancia, y que cuenta con la salvaguarda de no poder restringirse mediante censura previa y, complementariamente, con la prohibición del secuestro de publicaciones, grabaciones u otros medios de información, salvo resolución judicial que lo autorice. Todo ese conjunto de derechos y contrapesos vuelve a probarse a raíz de la publicación de un libro que cuenta las andanzas del asesino condenado José Bretón y de su aborrecible filicidio. Libro que, además, trae la firma de un periodista conocido por escribir los discursos de Pedro Sánchez con los que seguramente comparte ese sesgo de falsedad que ha hecho del actual presidente del gobierno una de las personas más queridas por el pueblo español que no cesa en abroncarle cada vez que pone un pie en la calle.
El libro en cuestión ha vuelto a abrir un debate que antes estuvo muy ligado a los asesinos y asesinatos de ETA, cuya libertad de expresión se cercenaba doblemente: desde ETA BILDU les hacían decir cosas que no pensaban para poder arrancar del gobierno de turno ventajas penitenciarias y, desde la sociedad, muchos pensaban que darles voz era apología del terrorismo. Una sociedad manipulada para rechazar algo que pide el sentido común: la pena de muerte para los asesinos más despreciables, como Bretón o los etarras. Lo que no se puede consentir es que si rechazamos su muerte física –que es lo justo—les queramos imponer, después, una muerte civil. O sí o no. O somos consecuentes con nuestras decisiones, o esos derechos y contrapesos no valdrán absolutamente nada.
Lamentablemente, Bretón y muchos de esos etarras siguen vivos, ora en su casa ora en la cárcel, y si admitimos eso, tenemos que admitir, por pura lógica, que tienen sus derechos y que pueden expresarse libremente mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción, aunque sintamos que sus vidas, en el fondo, son una dolorosa afrenta para sus víctimas y para la sociedad entera. Por eso nos irritan tanto y queremos que desaparezcan, aunque no queremos ‘desaparecerles’ nosotros. Ocurre lo mismo con la policía o con los militares: queremos que defiendan nuestra seguridad, pero que lo hagan dando besos. Se trata de un trastorno bipolar colectivo al que nos ha conducido la PPSOE con sus mentiras y bandazos continuos en la materia.
En este sentido, aunque un juez, con buen criterio, haya autorizado la publicación y venta de dicho libro –prohibir o secuestrar libros es, sin duda, un gesto totalitario impropio de una democracia– dando preeminencia al Derecho Fundamental a la Libertad de Expresión, sin embargo, muchos libreros reaccionaron iniciando una campaña de boicot para no vender el libro en sus tiendas o, peor aún, para venderlo a escondidas, evitando que se les señale. Hasta parece que la editorial ha claudicado.
Esta es mí reflexión: o somos conscientes de que quien tiene derechos puede ejercerlos en su totalidad o somos –y me temo que lo somos—unos hipócritas de tres al cuarto que no nos atrevemos a decir lo que pensamos ante el temor de que los muchísimos bipolares que andan sueltos puedan ser puestos por los comisarios políticos en nuestra contra. ¡Señalémosles nosotros a ellos! Digamos con claridad que los monstruos no pueden vivir dentro de la sociedad. Por otra parte, los periodistas, editores y libreros, además de las obligaciones inherentes al resto de profesiones, tienen el plus de ser uno de los baluartes para alcanzar y mantener la imprescindible libertad de expresión, opinión y pensamiento que alimenta a las sociedades libres y democráticas. Contribuir a la cancelación que viene desde las esferas políticas y, no te digo ya, contribuir a la censura de lo políticamente incorrecto, no solo no les hace ningún bien a ellos sino, sobre todo, no le hace ningún bien a la sociedad española que ve menoscabado, poco a poco, su Derecho Fundamental a la Libertad de Expresión mientras se acostumbra a la creciente cancelación de quienes no siguen el mainstream que imponen los políticos. ¡Rebélate!: llama a las cosas por su nombre, exprésate con libertad absoluta y defiende tus derechos.
